LAS OBRAS Y LA PALABRA DE DIOS (LO REVELAN A ÉL - LO DAN A CONOCER)
Salmo 19:1-14
Los cielos narran y revelan la gloria
de Dios, y el firmamento en todo su esplendor anuncia que las manos del
Soberano y Todopoderoso Dios, sólo Él pudo haberlo hecho, formado o creado.
¿Quién? Contemplando el firmamento y
atendiendo a su relato, puede no aceptar o entender que el Señor es el único
responsable de todo cuanto se puede apreciar y el cual va o trasciende mucho
más allá de lo que se puede conceptuar.
Cada astro, constelación; galaxia,
estrellas; estas anuncian a un solo y poderoso Dios, declara que nada hay en
este universo que pudiese exceder su grandeza.
Las manos de Dios es
transformación, cambio; imposible es que su mano no traiga consigo creación o
juicio.
En la
transición de un día a otro no se pierde nada de Dios, sabiduría brota de ambos
ya que es el mismo Señor el que las creó.
Aunque silencio fuese
lo presente, y las palabras no son oídas; hay una conversación, un diálogo
espiritual que regirá.
Las Palabras de
Dios es un tabernáculo para su creación, es un lugar en donde habitar no tiene
comparación ni reemplazo.
Hay alegría
aun en la creación del Señor llevando acabo su función. Y como en el caso del
sol en donde de un extremo de los cielos sale y puede brindar su función sin
que se puedan esconder de su calor. Es que los propósitos de Dios siempre serán
cumplidos.
Perfección de la
ley, esto es un perfecto balance, entre lo justo y recto; Sin compromiso alguno
excepto que sea cumplido. Es el hecho de hacer uso a la medida de todo cuanto
fuese necesario para lograr lo mejor. Sin haber abusado o haber esforzado, o
hecho que se llevara a cabo algo en perjuicio de otro. La perfecta ley de Jehová es inalterable (no
requiere de actualización), llega al hombre y atiende aquello que necesita ser
transformado, y que rige, su alma.
Todo cuanto Dios
declara es realidad, un hecho ya en Él. El hombre espiritual recorre un camino
garantizado, es por ello que en su travesía puede hacer saber o compartir lo
que ahora es su nueva vida con sabiduría o instrucción que sólo procede de su
relación con el Señor.
Todos los
preceptos del Señor conducen a una vida de paz, logros y alcances. Siendo esto
la realidad de lo que nuestro Señor ordena, como resultado de aquello hay
alegría interna, y esta da en manifiesto una luz en nuestro proceder, en
nuestro recorrido por este plano humano.
Una vida encaminada
en los preceptos del Señor solo podrá hallar gozo o alegría; ya que fueron
creados con ese propósito, para liberarnos de los lamentos, decepciones;
condena, maldiciones.
El temor de
Jehová es limpio... si lo trasladamos a una vida, ese temor reverente, como
resultado de esa reverencia o temor reverente a Dios tendremos una existencia
vivida con el mayor aprovechamiento en todo lo que el Señor ha brindado. No se
habrá divagado en cosas efímeras o pasajeras, pero en aquello que sí ha contado
para su gloria, el cual es eterno.
Los juicios de Jehová
son verdad, todos justos... No habrá falta de evidencias, no habrán desinformados;
no habrá alegatos que puedan justificar una acción excepto haber escogido
caminar o vivir en una dirección contraria a lo establecido por Él, por el cual
se es juzgado y condenado.
¿Qué injusticia a
Dios se puede reclamar? Excepto el hecho de haber recibido clemencia, cuando se
merecía muerte. Empero esto no es injusto, es un acto del Supremo o de la
Supremacía del amor de Dios, el cual va por encima de lo que todos merecemos.
Cómo no será o
sería deseable esta justicia en medio de todo cuanto acontece, en donde la
balanza se inclina, se hacen acepciones y hay preferencias.
El acatamiento o la
obediencia a Dios no es un manual de obligaciones, empero es un compendio de
bendiciones; en donde al cumplirla, al hacerlo el Señor se glorifica.
En toda glorificación
del Señor, hay bendiciones. Por cada exaltación hay acercamiento, creando así
una relación más estrecha.
Cuando se es
introducido a los juicios de Dios, cuando estos son conocidos, nada material
puede superar el deseo de poder habitar en ellos. El añoro del bien de Dios es
el único interés reinante y nada lo puede reemplazar.
Cuando quedamos
frente a las leyes o justicia humanas y estas no han obrado justamente, deja un
sabor de amargura, inconformidad en nuestra existencia en donde difícilmente
muchos lo superan. Pero tocante a las leyes o el juicio del Dios, para aquél
que reside en ese temor santo, a su paladar siempre será dulce o tendrá un
sabor dulce, y de completa bendición.
Ciertamente no
hay acepción de personas para el Señor, por ende, todos somos amonestados o
corregidos cuando violamos alguno de sus preceptos. Cuando hay cumplimiento de
las ordenanzas o los preceptos, siempre habrá recompensa.
¿Quién puede
discernir sus propios errores?
Desentrañar o descubrir nuestros errores exige que nos examinemos;
nuestro proceder, intención; propósito, y razón de haber obrado. Y si estas no
se alinean con el propósito divino, entonces tenemos que hacer los correctivos
pertinentes. Empero en medio de todo esto o cuanto acontece en nuestras vidas,
hay áreas que no son tan visibles o de las que no nos percatamos. Quizás en
haber ofendido, herido sin haber sido esta la intención. Al igual habiéndole
faltado al Señor sin habernos percatado de ello, pecado de omisión. Ya que esta
es una condición que puede estar presente en nuestras vidas, presentamos al
Señor la petición para que Él nos libre de las que nos son ocultas, aquellas
que no resultan tan fáciles el identificar.
La soberbia
(altivez, jactancia), tendencia humana que se levanta en una vida
desproporcionada espiritualmente; o de aquella que se ha alejado de darle la
gloria y la exaltación al Señor en medio de toda circunstancia o situación.
La petición
presentada al Señor es que nos libre, que no permita que esta se enaltezca
sobre nuestra humanidad. Ya siendo este el mal dominante no puede haber
integridad, y se estará en gran rebelión. Ya que nos estaríamos honrando o
endiosando, no dándole la gloria al Señor.
El objetivo en esta
petición a nuestro Dios es el de mantener nuestra integridad o rectitud para el
servicio de Él.
Sean gratos los
dichos de mi boca... nuestros dichos o expresiones solo pueden ser de agrado
para el Señor cuando estas han sido puestas por Él mismo en nuestro corazón y
en nuestros labios.
a. Sea llena mi boca de Tu alabanza y de Tu gloria todo
el día. (Salmo 71:8).
b. En Tus mandamientos meditaré; consideraré Tus caminos.
c. Me regocijaré en Tus estatutos; no me olvidaré de Tus
Palabras. (Salmo 119:14, 15).
...y la meditación de
mi corazón delante de Ti, Jehová, roca mía y Redentor mío.
Lo que habita dentro
es lo que establecen nuestras palabras. Estamos llenos de la Palabra o estamos
llenos de nuestras propias tendencias.
a. El hombre bueno,
del buen tesoro de su corazón saca lo bueno; y el hombre malo, del mal tesoro
de su corazón saca lo malo, porque de la abundancia del corazón habla la boca.
(Lucas 6:45).
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